Mi nombre es Guadalupe Domínguez y soy hija de un psicópata. Lo de psicópata es una simple descripción técnica, que suena muy apropiadamente a Hannibal Lecter y a risas macabras en la televisión. Sin embargo, cuando conoces a mi padre lo que te encuentras es a un viejito adorable, ese tipo de hombres que en su momento parecía el padre ideal, el ejecutivo modelo, y después, el abuelito que todos soñamos tener. Era el señor que contaba los mejores chistes, el que sabía tratar a todo el mundo, el adorable, el inteligente...
En casa todos sobrevivimos, algunos mejor que otros. Mamá se ha convertido en la mujer hermosa y cuerda que ha sido siempre, con una sabiduría que sólo la supervivencia puede dar. Yo no me volví loca porque siempre tuve la escritura de mi lado, y a los 18 años me alejé de todo ese sistema enfermo que sólo me hacía sentir miserable. Pero con el tiempo descubrimos que la peor parte del abuso infantil es aprender a vivir sin caer una y otra vez en relaciones destructivas.
No ha sido un camino fácil. He leído, investigado, observado. Resulta que el cine está lleno de ejemplos de cómo logran los maltratadores ponernos bajo su pata. Y que a veces quedarse completamente solo es el primer paso para rodearse de gente que valga la pena. Hoy tengo pocos amigos y poca familia, pero todos me tratan bien. Papá está lejos, y aún no logro enamorarme de un hombre que no me lastime. Pero sé que voy a lograrlo.
Este blog lo abro para contarles cómo fue que conseguí volver el llanto pasado. Fuimos llanto, pero hoy somos sonrisas.
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